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Solbes: su sueño de ser ex ministro, cada vez más cerca

06 Abril 2009

Empresa

Imagen de Solbes: su sueño de ser ex ministro, cada vez más cerca

Amortizado. El reciente pero prolongado sueño de Pedro Solbes de salir del Ejecutivo puede hacerse realidad de confirmarse las señales de que la inminente remodelación del gabinete de Zapatero se centrará sobre el área económica. A pesar de que, en fechas recientes, el aún vicepresidente segundo, bajo presiones del jefe de Gobierno, se viera obligado a asegurar en el Congreso que no tenía "deseo alguno de perder" su "empleo" y que se sentía "cómodo" y "satisfecho de ser ministro de Economía".

Incluso Solbes, de 65 años, tiró de curriculum y adujo como defensa ante las críticas a su gestión desde las filas de la oposición parlamentaria, los "41 años de dedicación a la función pública". Pura retórica para lapidar, bajo obligación de Moncloa, su sincera declaración de "envidia" hacia Mariano Fernández Bermejo tras su dimisión al frente de la cartera de Justicia "porque ya es un ex ministro".

Casi dos meses después, Solbes tiene todas las papeletas de convertirse, como su antiguo colega de gabinete, en diputado raso. Después de ser el número dos del PSOE por Madrid y de recibir algún que otro elogio externo a su gestión.

Por ejemplo, el del propio Mariano Rajoy al inicio de la legislatura, aunque el presidente popular haya arremetido contra él en los últimos meses al condicionar cualquier apoyo al Gobierno en la crisis a la salida del vicepresidente económico, la única solución válida, a su juicio, para restaurar la confianza perdida por la brusca recesión.

O la del presidente de la patronal, Gerardo Díaz Ferrán, quien en campaña electoral, hace apenas un año, admitió que llamaría a las puertas de Solbes, al día siguiente de los comicios, para contener la crisis. Lo cierto es que al máximo responsable de la economía le ha venido grande el escenario de contracción. Deja pendiente una incierta financiación autonómica en la que no ha logrado dar un encaje económico a los cambios en los estatutos regionales, y un inmovilismo reformista que, a buen seguro, pasará factura al deseo del Gobierno de modificar el patrón de crecimiento hacia la nueva economía.

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